jueves, 25 de febrero de 2010

Fires


How fast can two bodies burn into each other?

Is it a matter of time?

…a matter of combustion?

If not, can they still burn separately?

…or, will heat soon consume them into two piles of ashes?

sábado, 20 de febrero de 2010

Vine


Love grows out of a work of caring and nurturing. Its fertile soil urges to be rained, sunned and trimmed to become, with time, fairly strong.

A great love, though, grows out of nowhere, crawling out of hostile dirt or sand, clinching on without asking for permission. And that, fiercely becomes too strong to ever get trimmed at all.
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Art: Liliana

sábado, 13 de febrero de 2010

Involution

It doesn’t matter how much you evolve, you can always fall back to the beginning.

Celos


“Ser celoso es el colmo del egoísmo, es el amor propio en defecto, es la irritación de una falsa vanidad…”

Eso decía mi papa. Realmente no sé de donde lo sacó pero lo repetía por los pasillos de la casa, cuando sabía que mamá estaba lo suficientemente cerca para oírlo, en especial si la noche anterior se había ido de farra y había regresado al amanecer.

Al día siguiente todos en la casa teníamos que aguantar a mamá arrojando los platos en el fregadero, al gato a través del patio y mi ropa limpia en el suelo de mi cuarto, junto a mi “insoportable desorden,” como ella lo llamaba; cualquier cosa que cayera en sus manos o caminara a menos de medio metro de distancia peligraba. A papá, en cambio, nos lo calábamos diciendo en voz alta frases que sólo eran para ella. “Los celos son una falta de estima por el ser amado,” decía a veces. “El hombre es celoso si ama; la mujer también, aunque no ame,” decía otras. Lo peor no era tener que escucharlo, sino observar como la ira de mama crecía como hierva mala, desmesurada, apoderándose de todo lo que se atravesara en su camino.

“El que no tiene celos no está enamorado,” decía al atardecer. Yo torcía los ojos, y en realidad, nunca entendí cómo sus frases terminaban apaciguando a la bestia furiosa. Al parecer mi hermana sí lo entendía, porque se reía suspicazmente cada vez que a él se le ocurría algo nuevo. Ella sonreía, como dándole pie para que él continuara cantando frases. Yo me alejaba de tanta estupidez.

Pero al final del día, mamá le preparaba la cena a papá, su favorita inclusive; y al ver que la vieja técnica de papá había hecho efecto, mi hermana se sentaba entre ellos, como absorbiendo toda la alegría que ellos inexplicablemente destilaban.

Mientras tanto, el gato y yo, juntitos en un sillón, coincidíamos en lo incoherente que resultaba toda la escena. Como si no supieran que en menos de una semana mamá estaría arrojando los platos en el fregadero y al gato a través del patio, de nuevo.

Papá también decía, y quizás en eso sí tenía razón, que el gato y yo nos entendíamos más de la cuenta.
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Citas: Honoré de Balzac, Inmanuel Kant, Yvon Bunin.

martes, 9 de febrero de 2010

Travesía por el Oro


Odio entrar en política, pero…

Domingo 07 de febrero de 2010: Presidente de Venezuela ordena la expropiación del edificio La Francia.
Lunes 08 de febrero de 2010: Comerciantes y empleados reclaman lo que llaman la expropiación de su libertad.
Martes 09 de febrero de 2010: Desalojan Edificio La Francia.

Sencillo…¿no? Como chasquear los dedos, como desaparecer y aparecer cosas por arte de magia...

Pues con un poco de nostalgia me dediqué a desempolvar mis primeros trabajos universitarios y encontré esta crónica que escribí con un amigo en el 2005. Lo que se llegó a convertir en una travesía caraqueña ahora, al igual que otras cosas, no será más que parte de la historia de nuestro país, de esas cosas que entran en una frase como: “¿Recuerdas ese edificio del centro? ¿Aquel donde vendían pura joyería de oro?”

Travesía por el Oro

“!Se vende el dólar. El euro. Se compra el oro e’ 18 a 80 mil!” fue lo primero que oímos al salir de la estación del Metro de Capitolio. El húmedo clima, los conductores impacientes y la falta de espacio para transitar debido a los buhoneros, caracterizan la “travesía” en que se convierte cada visita al Edificio La Francia cuando se busca una prenda que cumpla con las 3B -bueno, bonito y barato-.

Subiendo por la avenida Norte 4, entre el remodelado Teatro Ayacucho y el antiguo Congreso Nacional, mi compañero de travesía y yo fuimos interceptados por el “promotor” de uno de los tantos locales que, en las afueras de La Francia, se dedican a la compra de oro. Los supuestos compradores parecían estar alineados estratégicamente a la espera de su próxima presa. Irónicamente, fuimos nosotros.
Intercambiamos miradas cautelosas, pero por aquello que definen como curiosidad, nos dejamos llevar. El entusiasmado promotor aseguraba tener los mejores precios a medida que nos conducía hacia el último local en uno de los pasillos cercanos al centro joyero. “Pasa adelante” dijo el encargado mientras abría la puerta corrediza de un pequeño cuarto posterior. “Pero…yo no tengo oro” le repetí constantemente al alejarme de la sospechosa entrada. “Muéstrame la cadena. ¿Quieres ir a un sitio más privado?” insistía el promotor, pero sin mucho preámbulo mi amigo me haló tajante del brazo, hasta separarme de los hambrientos compradores de oro barato.

Finalmente entramos a La Francia, nuestro destino final, ese edificio que ha sido por muchos años el principal proveedor de los anillos de matrimonio, graduación, cadenitas de bautizos y afines de la ciudad capital. Luego de haber pasado por los primeros locales de “joyería”, nos encontramos con una disyuntiva: subir por las estrechas escaleras llenas de clientes apresurados o por los pequeños y antiguos ascensores. Al ver lo lleno que iban los elevadores preferimos hacer un poco de ejercicio y subir a pié hasta el cuarto piso, donde nos dispondríamos a averiguar el precio del oro, comprobar ese mito urbano que dice “mientras más arriba más barato es el oro” ¿y por qué no?, comprar alguna pieza.
Mientras subíamos lento pero “a paso de vencedores”, tal y como citan las vallas del Gobierno que cubren Caracas, detallábamos las joyerías, locales y puesticos de cada piso. El contraste que se observa es impresionante. Puedes encontrar desde un comercio con acabados en madera y grandes vidrieras con luces amarillas que le dan un brillo adicional al oro, como también un pequeño puesto con luces blancas, un mostrador y dos vendedoras.

Al llegar al cuarto piso, entramos al local Joyerías Gady y echamos un vistazo a las vitrinas para comprobar la variedad de la mercancía. No sólo abundaban los anillos y cadenas, sino que encontramos desde pulseras de plástico hasta piezas únicas. Una de las vendedoras se ofreció a atenderme, y a medida que me mostraba sus artículos más vistosos le hice el comentario sobre mi encuentro con los “promotores” afuera del edificio. “¡Esos tipos son unos ladrones! Todo lo que te digan es mentira... te compran la pieza y luego te siguen para quitarte el dinero. Además, te engañan con la calidad de oro. Te compran el oro de 18 como si fuese de 14 quilates”, me dijo Ángela Patiño mientras abría una vitrina para sacar una pulsera.

La situación económica del edificio La Francia – fundado en 1946 y que alberga 90 joyerías- ha desmejorado en los últimos seis años. La clientela y las ventas han disminuido y el precio del oro ha subido considerablemente. A esto se le suman las constantes y molestas inspecciones del Seniat que han cerrado hasta 44 joyerías en el año 2004. Sin embargo, hay quienes se mantienen fieles al centro joyero. Rosalba Carrillo, cliente fijo de Joyerías Gady desde hace más de 25 años, es una de las pocas personas que aún va regularmente a comprar. Para ella es algo común dejar su carro en Unicentro El Marqués, tomar el Metro hasta Capitolio, comprar y regresarse con todas las prendas escondidas en la ropa, evitando llamar la atención. “Es común que la gente venga a comprar para luego revender. Como la Sra. Rosalba son pocas las personas a quienes le hacemos rebajas e incluso le aceptamos dólares”, explicó Ángela.
Dándole las gracias nos retiramos de la tienda y nos dedicamos a comprobar lo que nos había dicho. Continuamos subiendo hasta el noveno piso averiguando precios. Logramos desmentir el mito. Los precios en todo el edificio variaban en un 20%. A decir verdad, el costo oscilaba según la elegancia de la tienda. La Francia era un centro de comercio en toda su expresión. Grandes locales, pequeños establecimientos, créditos, calidad, estafas, oro, fantasía, regateros profesionales, ilusos del mercado; todo estaba ahí, en una sola estructura.

Satisfechos con nuestro descubrimiento y decepcionados por no haber comprado nada nos dirigimos a la salida del edificio.

Nuevamente recorrimos la avenida Norte 4 en dirección a la estación del Metro. Mientras bajamos las escaleras escuchamos como se perdían, entre el ruido citadino, las voces de los “promotores” que gritaban sin descanso: “!Se vende el dólar. El euro. Se compra el oro e’ 18 a 80 mil!".
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Escrito con: Mr.Green

lunes, 8 de febrero de 2010

Catharsis


So many times that my head fogs completely,
For so many hours that my strength dares to untie fantasies,
Long enough to drain my lungs and drown my eyes,
Until my heart swells in thrill or pain.

So many times that it loses all meaning,
And for so many hours that I find it again.


And you…for how long can you listen to a same song?

martes, 2 de febrero de 2010

Charcos


Su pie cayó en otro charco. Este parecía ser aún más hondo que el anterior. Ella arrugó la cara, y se movió con rapidez. Ambos zapatos le pesaban, detestaba que se le mojaran los pies. Se aferró al paraguas y suspiró con obstinación.

Él se rió.

-¿Qué?- Preguntó ella.
-Nada…-respondió, riendo otra vez entre dientes, negando con la cabeza.
-¿Qué?- preguntó ella otra vez, con un hilo de voz mucho más agudo.

Él se limitó a negar con la cabeza, sosteniendo con más firmeza el mango del paraguas que les tocó compartir, paraguas que no podría resultar más inútil en semejante aguacero. Luego de quince eternos minutos, ella estaba tan mojada como si hubiera caminado al descubierto.

Pensar que si él le hubiera hecho algo de caso, y se hubiesen quedado bajo el techo del puesto de revistas mientras pasaba lo peor del aguacero, estarían ahora sólo sutilmente mojados y, con algo de suerte, el frío de la brisa los habría obligado a darse calor mutuamente. Cosa que era totalmente improbable, claro, pero al menos no estarían esquivando pozos y llevando agua de gratis.

Lo miró de reojo. Como siempre llevaba la frente en alto, los ojos concentrados y una expresión en el rostro que caracterizaba su cotidiana seguridad.

No lo soportaba.

No soportaba como se reía de ella sin dar explicaciones; no soportaba como tomaba decisiones, presumiendo que las de él siempre eran las más apropiadas; no soportaba cómo la miraba, o peor, como evadía su miraba; pero de todo, lo que menos soportaba, era ese silencio incómodo que se creaba entre ellos cada vez que estaban solos, silencio que de alguna manera inspiraba él.

-Cuidado…-le murmuró con voz grave. En un breve movimiento él soltó el paraguas, y la sostuvo por la cintura, para elevarla tan sólo unos centímetros, como si no pesará nada, y desviarla del charco lodoso por el que estaba a punto de pasar.

El insignificante gesto disparó una corriente, que nació en su cintura, esparciéndose por todo el cuerpo.

No, nada de lo anterior tenía sentido. Lo que menos soportaba en realidad eran esos corrientazos que llegaban sin avisar, que aumentaban la temperatura de su piel, y aceleraban el ritmo de…todo.

Ella separó los labios, pero no supo que decir, sólo gotas frías se deslizaron por la comisura de su boca.

Lo miró otra vez, seguía callado. ¿Cómo podía caminar sin decir nada? Nunca decía nada, y no decir nada era tan desesperante como los charcos que le tocaba esquivar por su culpa.

Separó los labios otra vez.

-Estos silencios incómodos- preguntó con voz un tanto desafiante -¿son sólo míos?

Él se detuvo en seco. La miró, con ojos tibios. Su respiración seca, lo único que se oía eran las gotas alrededor de los dos. Él frunció el ceño, y repentinamente, a ella la corriente le volvió a atravesar el cuerpo.

Ambos se aferraron al mango del paraguas, como si dependieran de este para controlar la gravedad. Él abrió la boca lentamente, y ella sintió como se le vaciaban los pulmones de aire.

-Es de los dos- respondió él con voz suave y ronca. Después de otro silencio, en el que las gotas retumbaron aún más, él sonrió cálidamente.

Ella frunció el ceño, anonadada. Nunca entendía qué era lo que le causaba tanta gracia. Con un leve movimiento él utilizó su brazo libre para rozarle la cintura y dirigirla hacia adelante. Ella sintió como sus dedos se aferraban a su cadera, tanto como se aferraban ambos al débil paraguas. La corriente volvió a su cuerpo, retumbando en cada una de sus esquinas.

Sin necesidad de oír una palabra más ella sonrió.
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martes, 26 de enero de 2010

Caprichos de Idiosincrasia

¿Para qué escribir en inglés?

¿Para qué dejar garabatos en un papel con tinta ilegible, con jeroglifos de países que al final del día no nos pertenecen?

Son palabras que sirven de utensilios de cocina, que crean, saborean y producen; sin ser éstas las primeras que oí en mi niñez, ni las primeras que me atreví a decir en voz alta. No fue Shakespeare quién me llevó de la mano, fue Otero Silva, García Márquez. No fueron contracciones de palabras las que se dejaron manipular por mí, fueron acentos.

Entonces, ¿Para qué alejarse tanto de dónde empezó todo? De Aureliano Buendía, de las casas muertas, de la Rayuela, olvidarse por un momento del humor de Fernando Savater o de la deliciosa locura de Ernesto Sábato?

Algunos dicen que pedir prestado el bolígrafo de otras lenguas, en especial el de una que juega a conquistar el mundo, es como traicionar la identidad cultural, porque que quede claro: para los estándares sociales que nos acorralan, perdón, que nos rodean, el idioma hablado y escrito es el principio de la idiosincrasia. Inutilizarlo momentáneamente sería como traicionar la religión, los valores, la moral, todo lo que nos formó, o que al menos trató de formarnos.

Entonces, como quién osa a romper las reglas, ¡que dios nos libre de explorar otras lenguas! o peor aún, de aprender a disfrutarlas tanto que se apoderen por épocas de nuestras resmas de papel…

Pero en todo este asunto de la identidad y las raíces, algunos olvidan mencionar los pequeños baches que éstas nunca han logrado llenar. Olvidan que los que escriben lo hacen porque sí, con o sin coherencia, en castellano perfecto y pulido, o tan imperfecto que atenta contra la estabilidad intelectual de algunos.

En mi caso entiéndase por el idioma del escrito como un medio casi involuntario, resultado exquisito de una exposición placentera o dolorosa ante el mundo que rodea a aquel que escribe. Porque no se trata sólo de hacerse entender dentro de una geografía, es un impulso, por no entrar en detalles arduos, de ideas, emociones y explosiones, que se cuelan a través de un pequeño agujero de la mente humana. A veces toman forma en un idioma familiar y seguro, a veces en uno extraño y retador, otras ni siquiera llegan a vivir a través de letras, por simple incomprensión del mismo escritor.

Pero, por inevitable que resulte, lo cierto es que de impulsos y caprichos nunca ha entendido mucho la idiosincrasia.

Creation


Close your eyes.

And as soon as the blackout takes over, let the burning pavement disappear from below your feet. Block the artificial lights, the dust, the screams, the beggining of chaos.

And when you open them, do it carefully so the hot rays of sunlight don’t hurt your eyes. Listen to the breeze whispering lullabies, the drops falling from nowhere.

Rocks rise full of revelry, high enough to walk through clouds; the sky swims down to touch at least a small part of the humid ground, showing off proudly a hypnotizing work of colors, from peach to blue, to wine, to indigo. Water is born, working a path towards the beginning of things; foam sparks and rain releases itself over you.

Finally, earth can be made again.
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Picture: Kari-Kari

jueves, 21 de enero de 2010

Thirst...


You have had it, so many times in your life.

You have suffered it, savored it. That unbearable soar in your throat, that despairing excess of sweetness.

You have fought it, searching for ways to replace the pleasure that only satiation can ever bring.

You have fooled it, stroking your tongue against your broken lips, rubbing your fingers over the dry skin of your neck, breathing in air that runs down your lungs like broken glass.

You have despaired because of it, you have even tried to live in spite of it.

But just one second before reaching insanity, and a split moment after running out of hope, opportunity might smirk at you, and will let you get rid of that necessity…

…but don’t satiate it all at once. Tease it, see yourself through it, let it run down your bare fingers.

Let it teach you what satisfaction is all about.
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Picture: Kari-Kari

Duda


Todo quedó en silencio. Su seca respiración latía diminuta dentro de su pecho. Sus músculos se tensaron aún más, había llegado el momento de hacer justicia y todo estaba resultando más fácil de lo que se lo había imaginado. Una incómoda sonrisa se desplazó en sus labios.

Pensó en saborear el momento, pero los ojos del hombre al que había acorralado eran tan vacíos como el mismo silencio. Tragó saliva, áspera y pesada. El ácido sonido que produjo su arma al prepararse le recordó que esto no era uno más de sus sueños, ni una más de sus pesadillas.

Sus dedos, hirviendo en un sudor helado se aferraron aún más al cuello de su víctima. Los papeles se habían invertido. Alguna vez él fue el acorralado, la víctima.

De pronto sintió como su sonrisa se desvanecía silente. ¿El arma se había quedado trabada o eran sus dedos los que se habían congelado en ella?
La sonrisa se trasladó al rostro de la víctima.

Había resultado muy fácil, tanto en sueños como en pesadillas, cumplir con su propia sentencia de justicia. Ahí él era determinante, tajante, su piel no sudaba, el metal del arma no vibraba vacilante contra la cien del hombre que merecía morir.
Un frío sonido estalló de la garganta del acorralado. El ruido desató al victimario, lo asqueó, le dio nauseas. ¿Era ese sonido una risa burlona?

El arma, desafiante, cobró vida en un segundo.
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lunes, 18 de enero de 2010

Downfall


She walks slowly...

So slow that her legs feel light, lighter than the rhythm of her breathing.

The wet, cold ground embraces the bare palms of her feet, like everything else.

Like everything always does.

She closes her eyes for a moment, to concentrate, and when she opens them in the dark forest
she sees with contempt what she has been running after. She aims, directs her bow, her arrow, her meditation towards the fierce creature, with bright yellow eyes that swear to be a threat.

Her pulse doesn’t tremble. Her hands remain stiff. The beast opens his mouth slowly, flashing his white teeth, liking grinning gracefully.

She hesitates for once that night, contemplating the monster.

Or…is it not a monster? The creature breathes, moves slowly towards her. His skin rising. His hair shining, a beautiful mixture of silver and ebony. His heat fills the space between them, breaking the stiffness of the cold forest.

Her bow and arrow are no longer pointing at the approaching creature. She admires how he moves, with premeditation, elegancy seducing her eyes, uncertainty ruling the minutes she probably had left.

She closes her eyes again, for seconds only, considering all to be a dream.
But she doesn’t wake up, and she can only feel tempted by the sense of his deep breathing, inches away from her skin.

lunes, 26 de octubre de 2009

En Tren Se Viaja Mejor


Si las navidades son la época de la alegría, de la sazón, de la festividad, también son la época del despilfarro, de la descompensación económica y, sin lugar a dudas, de los viajes. Si a usted le atrae eso de la inversión extrajera entonces no se hable más y empaque sus maletas. Podría visitar a Mickey o realizar las compras de su vida en un Outlet de Miami, pero si lo que usted busca es parranda, música, buena comida y, ¿por qué no? , un poco de intercambio cultural, lo invito entonces a tomar el vuelo que quede libre hacia Colombia.

La ciudad destino la dejo a su merced. Claro que si lo que busca es alumbrados despampanantes y villancicos hasta la madrugada, visite la humilde ciudad de Pereira. Ahí los buñuelos y la natilla no faltan ninguno de los días que componen la novena de navidad, y la cuenta regresiva hacia el 24 se celebra en una casa diferente cada noche, para cantarle al niño Jesús durante 15 minutos y el resto de la noche se la puede dedicar a subirle volumen a la radio y echar uno o dos pies.

Le sugiero que no descarte la ciudad de Cali, donde la famosa feria salsera le dará razones para no dormir. Cate el aguardiente más fuerte de la región y visite los llamados bailaderos, y si no sabe bailar, despreocúpese, que los caleños lo ayudarán con el trabajo pesado.

Pero si usted lo que busca es la capital, entonces hizo bien en quedarse en Bogotá, en esta ciudad de cachacos, dónde el aguardiente no es tan fuerte. Pero cuidado, no subestime a los bogotanos, es sólo cuestión de saber a dónde tiene que ir.

Vaya de compras y hágame caso cuando le digo que se deje atender. No se sorprenda si el vendedor de la tienda de ropa insiste en acompañarlo hasta el taxi para ayudarlo con los paquetes. Eso sí, cuando salga a caminar a las afueras de su hotel, cuídese de los vendedores independientes. Si no me hace caso entonces no se extrañe cuando el vendedor de la lotería, que de seguro lo tratará como un rey, le venda 10 boletos de la semana pasada o cuando en un fugaz parpadeo, lo deje con la billetera desnuda. No diga que no se lo advertí.

Pero no se asuste, y no se mortifique por los militares que resguardan la entrada de su hotel. Devuélvales el saludo, tómese fotos con ellos como lo está haciendo esa pareja Coreana.

Si usted no habla bien español despreocúpese. Si fuese a pasar las navidades en Alemania, quizá sí le aconsejaría aprender algo de alemán y por sobre todas las cosas le recomendaría evitar hablar en inglés, sería preferible hacerse el mudo antes de ser ignorado por tratar defenderse en ese idioma. Pero aquí se encargarán de entenderle y, si no, por lo menos le harán creer que lo comprenden a la perfección. Lo peor que le puede pasar es que lo apoden de gringo.
Seguro que ha escuchado hablar de las chivas, esos autobuses que se pasean por la ciudad, de discoteca en discoteca, llenos de turistas o familias parranderas hasta entrada la madrugada. Pero yo le tengo algo mejor. Móntese conmigo en un tren nada común, nada moderno, sólo tradicional. Lo invito a que tome el tren de la Sabana. Vayamos a las afueras de Bogotá en uno de los pocos trenes a vapor que queda en el país. Sí, de esos que tienen un conductor uniformado de azul que, tras años de atender el mismo puesto, todavía se esfuerza en saludar por su ventana a los turistas de la estación.

Ahora que está montado despreocúpese del tiempo, aquí nadie espera llegar rápido a ningún lado. Déjese llevar por el ritmo propio del vagón y por el retumbante golpe que hace contra los rieles. Pero lo más importante es que se deje llevar por la música, por el trío de vallenato que agita su acordeón cerca de su oído, en el estrecho pasillo del vagón. No se moleste en estar sentado mucho tiempo y una vez más no le tenga miedo al baile, aunque no tenga idea de cómo se baila eso. No se preocupe si tambalea un poco, dudo que se caiga.

Ande, no sea tímido, recíbale al señor esa copita de aguardiente. Entiendo que le incomode tomar de la misma que las otras 20 personas que comparten su vagón, pero descuide, después de tres o cuatro fondos blancos el problema se resolverá. Mientras se acomoda al sentir de la bebida caliente que se desliza por su garganta no vacile en observar el vaivén de ese hombre de 75 años –y que aparenta menos de 60-, con sombrero de paja y camisa arremangada, mientras sigue el ritmo de la verdadera música colombiana.

La bulla, los tropezones, el olor anisado que luego de dos horas se aspira en el ambiente, son sólo parte de esta atracción. Ya dejamos atrás la ciudad de la zona rosa, de los mejores cortes de carne roja, de las botas negras altas, de las bufandas y de las chaquetas de cuero de primera calidad. Pero descuide, tendrá tiempo para todo eso, usted ahora se dirige a Zipaquirá, ciudad de las minas de sal.

Asegúrese de comerse un tamal antes de bajar del tren, con la intención de que se le bajen los grados de alcohol que ya le están doblando los ojos, porque apenas son las 11 de la mañana.
En Zipaquirá visite la famosa Iglesia de sal, construida bajo una mina kilométrica. En la imponencia de estas cuevas húmedas despojará usted lo que le queda de aguardiente en la piel. Tómese su tiempo, rodéelas, piérdase en los negros pasillos, saboree la sal del aire, pregúntese más de una vez cómo fue que tallaron el altar y la gigantesca cruz que convierten esta mina en un templo.

Acompáñeme otra vez al tren, sí ya sé que perdió la noción del tiempo, y disfrute del viaje de regreso, que ahora es que me queda Colombia para mostrarle.
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Picture: Kari-Kari

jueves, 15 de octubre de 2009

The Fear


We all know that…

What you fear the most will always be what haunts you.

What you want most desperately will always be what slips away.

And what happen when…

What you fear the most is what you want most desperately?

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