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domingo, 5 de septiembre de 2010

Cinco pasos fáciles para perder la cordura

No se conforme con encender la radio al medio día, ver televisión en el horario noticioso, ni con leer la prensa en la sección de sucesos. Para perder la cordura, y llamarlo un éxito, se deben seguir ciertos pasos. Recuerde cumplirlos en orden, sin saltar ninguno.

El primero, y el primordial: asegúrese a sí mismo que usted está cuerdo. Repítalo en voz alta, en la mañana, antes de su ducha, al desayunar y antes de salir de su casa. Usted está cuerdo.

El segundo: ármese de paciencia y tolerancia. Cuando sienta que debe enfadarse, no se enfade. Cuando sienta que debe llorar, no llore. Cuando sienta que debe gritar, por favor, no grite. Respire profundo ante estos sentimientos negativos y reprímalos, proceda a guardarlos en una cajita imaginaria y comprímalos en lo más profundo de su inconsciente, haciendo siempre espacio para las que vendrán.

El Tercero, y el más difícil: Sonría luego de cerrar cada caja. Para lograr esto relaje los músculos de la cara, recuerde momentos placenteros de su infancia o chistes que oyó recientemente. Si se ríe en voz alta, mejor. Asegúrese siempre de no contar a los demás el motivo de su alegría artificial.

El cuarto: Cuente las cajas. Recuerde siempre el orden en que las va guardando. Si es más fácil para usted, lleve la cuenta de su colección de cajas en un cuaderno, utilice fechas y horas para conocer el progreso de su colección.

El quinto, y el más metódico: Cuando haya contado diez cajas, ubique un momento de crisis para completar el proceso. Defínase crisis como un espacio de explosión de emociones negativas, generalmente provocado por otra persona. Reconocerá estos momentos por venir acompañados de stress, disgustos, problemas sin soluciones rápidas y molestia general. Manténgase siempre alerta, pues no sabe cuándo ni donde encontrará su momento de crisis ideal. Aproveche estos preciados espacios una vez que los localice, y proceda a abrir paulatinamente cada caja que estuvo guardando en los últimos días.

La reacción química y física varía ligeramente según cada persona, pero por lo general, usted se verá influenciado por las siguientes sensaciones: rabia, odio, rencor, autocompasión, rabia otra vez; sumado todo a unas intensas ganas de desquitar su furia contra el mundo. Ahora sí: enfádese, llore, por favor grite. Siéntase en la libertad de desligarse de su ira interna y esparcirla por sus alrededores. En caso de sentirse cohibido recuerde siempre que todos son culpables de su furia reprimida.

Al completar la última fase del proceso revise que los resultados obtenidos hayan sido satisfactorios. Vidrios esparcidos en el piso, ventanas rotas y muebles volteados son algunas señales de progreso. Si es así alégrese, va usted por buen camino. Respire profundo y comience de nuevo desde el primer paso. Repita el proceso cuantas veces sea necesario. Si siente que ayudará a mejorar sus resultados, acompañe esta rutina encendiendo la radio en horas del mediodía, viendo televisión en el horario de noticias y leyendo la página de sucesos del periódico.
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Arte: Tim Parish

domingo, 30 de mayo de 2010

Victoria


Aram se detuvo. Esta vez sudaba de ansiedad, no de cansancio. Sintió oscuridad en el eco de la cueva. Silencio. Alzó la vista, hacia el techo rocoso que se perdía en sombras sobre él. El muchacho hundió los pies en la arena mojada, apretó sus dedos en un puño tenso.

Del fondo del lago rugió su descubrimiento, y mientras la bestia deslizaba sus múltiples cabezas del agua destellando los mil dientes, Aram ahogó un grito de victoria. No era un lunático, siempre había tenido razón. El monstruo…era real.

Respiró.
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Arte: CrackBag

Seducción



Tu tez corre tan lento

que enardece, enfurece.

Desvanece Todo.
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sábado, 8 de mayo de 2010

Trance


Ella tenía ojos cafés, y a él le encantaba ese sobrio detalle.

Él sabía que la comisura de los labios, el corte fino del mentón y los mechones que escondían sus oídos estaban todos creados para enmarcarle los ojos; tanto, que penetraban al hablar, destellaban al reír y dolían al dormir.

Si él tuvo algún momento de desvelo durante el tiempo que la conoció, se debió al invierno que lo gobernó cada noche que se despedía de ella. Si tuvo vida, fue por el elixir que los ojos destilaban.

Pero después, los ojos fulminaron, amenazaron con horrores que parecían imposibles, devastaron la paz que nunca fue de él, y se perdieron, mucho antes que ella.

Se reinventaron, pero para él sólo quedó el marco, vacío e imposible de contemplar.
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martes, 4 de mayo de 2010

Bitácora


Segundos.

Arde, sin pensar fuerzas se filtra por las venas.
Recuerdo obviarla, ignorar lo latente. Durante minutos respiré profundo, y durante horas esperé.

Días.

El ardor enfureció, a duras penas respiraba. La herida sangraba, la sentía correr. Pensé en dejarla morir y cicatrizar tras su muerte.

Semanas,

y admití que la herida crecía. Reconocí el dolor y odié el ardor. Me pregunté cuánto tiempo tendría que seguir aguantando. La cubrí con las manos, probé limpiarla, sanarla, la dejé.

Meses.

El dolor renació. La herida respiraba, pensaba, desafiaba. La vendé, por fin la vendé. Me aseguré de cubrirla, de presionarla para detener cualquier derramamiento y esperar la cicatriz.

Años.

Cambio las vendas con frecuencia, siempre empapadas.
Me pregunto si la sangre se acaba.

¿Dolor? A veces, siempre, nunca. No sé.
Cambio las vendas.
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Arte: PhatPuppy

lunes, 3 de mayo de 2010

Proceso



No atentes contra lo extraño.


De lo extraño palparás lo fantástico,

Y sólo de lo fantástico catarás lo maravilloso.

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Arte: Phatpuppy

miércoles, 10 de marzo de 2010

Déja vu


Abrías los labios, sin sentido, sin razones. Saboreabas el aire caliente, asfixiante. Sonreías, sólo si nadie estaba viendo, y dejabas que el agua corriera; ya no sólo por el largo de los brazos, el alto de las piernas, lo atado del cabello, ahora también por la comisura de los labios.

Primero escondida en un rincón, porque no estaba permitido. Luego, como retando a los que osaban de imponer, corrías por los claros del terreno, invadiendo a la brisa, dibujando lagunas, perdiéndote en gotas y barro, negándote a regresar.
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sábado, 6 de marzo de 2010

Piano


Y está ahí, silencioso, distante. No habla para llamar la atención, existe.

La humildad no se le da. Su imponencia, lo estruendoso de sus partes, lo esbelto de su ser captura los ojos de cualquiera y las manos de seleccionados.

Y cuando habla, es bajo la más sensual persuasión, a través de las yemas del más osado. Lo hace con estricta elegancia, articula con propiedad, exigiendo que se muevan entrañas.

Aparenta clasismo, sugiere intelectualidad, espanta a los comunes...
…pero, en realidad, su voz es visceral.
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lunes, 1 de marzo de 2010

Asfixia


Expansión de los pulmones, sin respirar,
Invasión del tórax con un sabor...dulce, violento, picante,
Supresión del corazón,

Pelear por aire…

…Fallar en el intento.

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sábado, 13 de febrero de 2010

Celos


“Ser celoso es el colmo del egoísmo, es el amor propio en defecto, es la irritación de una falsa vanidad…”

Eso decía mi papa. Realmente no sé de donde lo sacó pero lo repetía por los pasillos de la casa, cuando sabía que mamá estaba lo suficientemente cerca para oírlo, en especial si la noche anterior se había ido de farra y había regresado al amanecer.

Al día siguiente todos en la casa teníamos que aguantar a mamá arrojando los platos en el fregadero, al gato a través del patio y mi ropa limpia en el suelo de mi cuarto, junto a mi “insoportable desorden,” como ella lo llamaba; cualquier cosa que cayera en sus manos o caminara a menos de medio metro de distancia peligraba. A papá, en cambio, nos lo calábamos diciendo en voz alta frases que sólo eran para ella. “Los celos son una falta de estima por el ser amado,” decía a veces. “El hombre es celoso si ama; la mujer también, aunque no ame,” decía otras. Lo peor no era tener que escucharlo, sino observar como la ira de mama crecía como hierva mala, desmesurada, apoderándose de todo lo que se atravesara en su camino.

“El que no tiene celos no está enamorado,” decía al atardecer. Yo torcía los ojos, y en realidad, nunca entendí cómo sus frases terminaban apaciguando a la bestia furiosa. Al parecer mi hermana sí lo entendía, porque se reía suspicazmente cada vez que a él se le ocurría algo nuevo. Ella sonreía, como dándole pie para que él continuara cantando frases. Yo me alejaba de tanta estupidez.

Pero al final del día, mamá le preparaba la cena a papá, su favorita inclusive; y al ver que la vieja técnica de papá había hecho efecto, mi hermana se sentaba entre ellos, como absorbiendo toda la alegría que ellos inexplicablemente destilaban.

Mientras tanto, el gato y yo, juntitos en un sillón, coincidíamos en lo incoherente que resultaba toda la escena. Como si no supieran que en menos de una semana mamá estaría arrojando los platos en el fregadero y al gato a través del patio, de nuevo.

Papá también decía, y quizás en eso sí tenía razón, que el gato y yo nos entendíamos más de la cuenta.
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Citas: Honoré de Balzac, Inmanuel Kant, Yvon Bunin.

martes, 9 de febrero de 2010

Travesía por el Oro


Odio entrar en política, pero…

Domingo 07 de febrero de 2010: Presidente de Venezuela ordena la expropiación del edificio La Francia.
Lunes 08 de febrero de 2010: Comerciantes y empleados reclaman lo que llaman la expropiación de su libertad.
Martes 09 de febrero de 2010: Desalojan Edificio La Francia.

Sencillo…¿no? Como chasquear los dedos, como desaparecer y aparecer cosas por arte de magia...

Pues con un poco de nostalgia me dediqué a desempolvar mis primeros trabajos universitarios y encontré esta crónica que escribí con un amigo en el 2005. Lo que se llegó a convertir en una travesía caraqueña ahora, al igual que otras cosas, no será más que parte de la historia de nuestro país, de esas cosas que entran en una frase como: “¿Recuerdas ese edificio del centro? ¿Aquel donde vendían pura joyería de oro?”

Travesía por el Oro

“!Se vende el dólar. El euro. Se compra el oro e’ 18 a 80 mil!” fue lo primero que oímos al salir de la estación del Metro de Capitolio. El húmedo clima, los conductores impacientes y la falta de espacio para transitar debido a los buhoneros, caracterizan la “travesía” en que se convierte cada visita al Edificio La Francia cuando se busca una prenda que cumpla con las 3B -bueno, bonito y barato-.

Subiendo por la avenida Norte 4, entre el remodelado Teatro Ayacucho y el antiguo Congreso Nacional, mi compañero de travesía y yo fuimos interceptados por el “promotor” de uno de los tantos locales que, en las afueras de La Francia, se dedican a la compra de oro. Los supuestos compradores parecían estar alineados estratégicamente a la espera de su próxima presa. Irónicamente, fuimos nosotros.
Intercambiamos miradas cautelosas, pero por aquello que definen como curiosidad, nos dejamos llevar. El entusiasmado promotor aseguraba tener los mejores precios a medida que nos conducía hacia el último local en uno de los pasillos cercanos al centro joyero. “Pasa adelante” dijo el encargado mientras abría la puerta corrediza de un pequeño cuarto posterior. “Pero…yo no tengo oro” le repetí constantemente al alejarme de la sospechosa entrada. “Muéstrame la cadena. ¿Quieres ir a un sitio más privado?” insistía el promotor, pero sin mucho preámbulo mi amigo me haló tajante del brazo, hasta separarme de los hambrientos compradores de oro barato.

Finalmente entramos a La Francia, nuestro destino final, ese edificio que ha sido por muchos años el principal proveedor de los anillos de matrimonio, graduación, cadenitas de bautizos y afines de la ciudad capital. Luego de haber pasado por los primeros locales de “joyería”, nos encontramos con una disyuntiva: subir por las estrechas escaleras llenas de clientes apresurados o por los pequeños y antiguos ascensores. Al ver lo lleno que iban los elevadores preferimos hacer un poco de ejercicio y subir a pié hasta el cuarto piso, donde nos dispondríamos a averiguar el precio del oro, comprobar ese mito urbano que dice “mientras más arriba más barato es el oro” ¿y por qué no?, comprar alguna pieza.
Mientras subíamos lento pero “a paso de vencedores”, tal y como citan las vallas del Gobierno que cubren Caracas, detallábamos las joyerías, locales y puesticos de cada piso. El contraste que se observa es impresionante. Puedes encontrar desde un comercio con acabados en madera y grandes vidrieras con luces amarillas que le dan un brillo adicional al oro, como también un pequeño puesto con luces blancas, un mostrador y dos vendedoras.

Al llegar al cuarto piso, entramos al local Joyerías Gady y echamos un vistazo a las vitrinas para comprobar la variedad de la mercancía. No sólo abundaban los anillos y cadenas, sino que encontramos desde pulseras de plástico hasta piezas únicas. Una de las vendedoras se ofreció a atenderme, y a medida que me mostraba sus artículos más vistosos le hice el comentario sobre mi encuentro con los “promotores” afuera del edificio. “¡Esos tipos son unos ladrones! Todo lo que te digan es mentira... te compran la pieza y luego te siguen para quitarte el dinero. Además, te engañan con la calidad de oro. Te compran el oro de 18 como si fuese de 14 quilates”, me dijo Ángela Patiño mientras abría una vitrina para sacar una pulsera.

La situación económica del edificio La Francia – fundado en 1946 y que alberga 90 joyerías- ha desmejorado en los últimos seis años. La clientela y las ventas han disminuido y el precio del oro ha subido considerablemente. A esto se le suman las constantes y molestas inspecciones del Seniat que han cerrado hasta 44 joyerías en el año 2004. Sin embargo, hay quienes se mantienen fieles al centro joyero. Rosalba Carrillo, cliente fijo de Joyerías Gady desde hace más de 25 años, es una de las pocas personas que aún va regularmente a comprar. Para ella es algo común dejar su carro en Unicentro El Marqués, tomar el Metro hasta Capitolio, comprar y regresarse con todas las prendas escondidas en la ropa, evitando llamar la atención. “Es común que la gente venga a comprar para luego revender. Como la Sra. Rosalba son pocas las personas a quienes le hacemos rebajas e incluso le aceptamos dólares”, explicó Ángela.
Dándole las gracias nos retiramos de la tienda y nos dedicamos a comprobar lo que nos había dicho. Continuamos subiendo hasta el noveno piso averiguando precios. Logramos desmentir el mito. Los precios en todo el edificio variaban en un 20%. A decir verdad, el costo oscilaba según la elegancia de la tienda. La Francia era un centro de comercio en toda su expresión. Grandes locales, pequeños establecimientos, créditos, calidad, estafas, oro, fantasía, regateros profesionales, ilusos del mercado; todo estaba ahí, en una sola estructura.

Satisfechos con nuestro descubrimiento y decepcionados por no haber comprado nada nos dirigimos a la salida del edificio.

Nuevamente recorrimos la avenida Norte 4 en dirección a la estación del Metro. Mientras bajamos las escaleras escuchamos como se perdían, entre el ruido citadino, las voces de los “promotores” que gritaban sin descanso: “!Se vende el dólar. El euro. Se compra el oro e’ 18 a 80 mil!".
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Escrito con: Mr.Green

martes, 2 de febrero de 2010

Charcos


Su pie cayó en otro charco. Este parecía ser aún más hondo que el anterior. Ella arrugó la cara, y se movió con rapidez. Ambos zapatos le pesaban, detestaba que se le mojaran los pies. Se aferró al paraguas y suspiró con obstinación.

Él se rió.

-¿Qué?- Preguntó ella.
-Nada…-respondió, riendo otra vez entre dientes, negando con la cabeza.
-¿Qué?- preguntó ella otra vez, con un hilo de voz mucho más agudo.

Él se limitó a negar con la cabeza, sosteniendo con más firmeza el mango del paraguas que les tocó compartir, paraguas que no podría resultar más inútil en semejante aguacero. Luego de quince eternos minutos, ella estaba tan mojada como si hubiera caminado al descubierto.

Pensar que si él le hubiera hecho algo de caso, y se hubiesen quedado bajo el techo del puesto de revistas mientras pasaba lo peor del aguacero, estarían ahora sólo sutilmente mojados y, con algo de suerte, el frío de la brisa los habría obligado a darse calor mutuamente. Cosa que era totalmente improbable, claro, pero al menos no estarían esquivando pozos y llevando agua de gratis.

Lo miró de reojo. Como siempre llevaba la frente en alto, los ojos concentrados y una expresión en el rostro que caracterizaba su cotidiana seguridad.

No lo soportaba.

No soportaba como se reía de ella sin dar explicaciones; no soportaba como tomaba decisiones, presumiendo que las de él siempre eran las más apropiadas; no soportaba cómo la miraba, o peor, como evadía su miraba; pero de todo, lo que menos soportaba, era ese silencio incómodo que se creaba entre ellos cada vez que estaban solos, silencio que de alguna manera inspiraba él.

-Cuidado…-le murmuró con voz grave. En un breve movimiento él soltó el paraguas, y la sostuvo por la cintura, para elevarla tan sólo unos centímetros, como si no pesará nada, y desviarla del charco lodoso por el que estaba a punto de pasar.

El insignificante gesto disparó una corriente, que nació en su cintura, esparciéndose por todo el cuerpo.

No, nada de lo anterior tenía sentido. Lo que menos soportaba en realidad eran esos corrientazos que llegaban sin avisar, que aumentaban la temperatura de su piel, y aceleraban el ritmo de…todo.

Ella separó los labios, pero no supo que decir, sólo gotas frías se deslizaron por la comisura de su boca.

Lo miró otra vez, seguía callado. ¿Cómo podía caminar sin decir nada? Nunca decía nada, y no decir nada era tan desesperante como los charcos que le tocaba esquivar por su culpa.

Separó los labios otra vez.

-Estos silencios incómodos- preguntó con voz un tanto desafiante -¿son sólo míos?

Él se detuvo en seco. La miró, con ojos tibios. Su respiración seca, lo único que se oía eran las gotas alrededor de los dos. Él frunció el ceño, y repentinamente, a ella la corriente le volvió a atravesar el cuerpo.

Ambos se aferraron al mango del paraguas, como si dependieran de este para controlar la gravedad. Él abrió la boca lentamente, y ella sintió como se le vaciaban los pulmones de aire.

-Es de los dos- respondió él con voz suave y ronca. Después de otro silencio, en el que las gotas retumbaron aún más, él sonrió cálidamente.

Ella frunció el ceño, anonadada. Nunca entendía qué era lo que le causaba tanta gracia. Con un leve movimiento él utilizó su brazo libre para rozarle la cintura y dirigirla hacia adelante. Ella sintió como sus dedos se aferraban a su cadera, tanto como se aferraban ambos al débil paraguas. La corriente volvió a su cuerpo, retumbando en cada una de sus esquinas.

Sin necesidad de oír una palabra más ella sonrió.
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martes, 26 de enero de 2010

Caprichos de Idiosincrasia

¿Para qué escribir en inglés?

¿Para qué dejar garabatos en un papel con tinta ilegible, con jeroglifos de países que al final del día no nos pertenecen?

Son palabras que sirven de utensilios de cocina, que crean, saborean y producen; sin ser éstas las primeras que oí en mi niñez, ni las primeras que me atreví a decir en voz alta. No fue Shakespeare quién me llevó de la mano, fue Otero Silva, García Márquez. No fueron contracciones de palabras las que se dejaron manipular por mí, fueron acentos.

Entonces, ¿Para qué alejarse tanto de dónde empezó todo? De Aureliano Buendía, de las casas muertas, de la Rayuela, olvidarse por un momento del humor de Fernando Savater o de la deliciosa locura de Ernesto Sábato?

Algunos dicen que pedir prestado el bolígrafo de otras lenguas, en especial el de una que juega a conquistar el mundo, es como traicionar la identidad cultural, porque que quede claro: para los estándares sociales que nos acorralan, perdón, que nos rodean, el idioma hablado y escrito es el principio de la idiosincrasia. Inutilizarlo momentáneamente sería como traicionar la religión, los valores, la moral, todo lo que nos formó, o que al menos trató de formarnos.

Entonces, como quién osa a romper las reglas, ¡que dios nos libre de explorar otras lenguas! o peor aún, de aprender a disfrutarlas tanto que se apoderen por épocas de nuestras resmas de papel…

Pero en todo este asunto de la identidad y las raíces, algunos olvidan mencionar los pequeños baches que éstas nunca han logrado llenar. Olvidan que los que escriben lo hacen porque sí, con o sin coherencia, en castellano perfecto y pulido, o tan imperfecto que atenta contra la estabilidad intelectual de algunos.

En mi caso entiéndase por el idioma del escrito como un medio casi involuntario, resultado exquisito de una exposición placentera o dolorosa ante el mundo que rodea a aquel que escribe. Porque no se trata sólo de hacerse entender dentro de una geografía, es un impulso, por no entrar en detalles arduos, de ideas, emociones y explosiones, que se cuelan a través de un pequeño agujero de la mente humana. A veces toman forma en un idioma familiar y seguro, a veces en uno extraño y retador, otras ni siquiera llegan a vivir a través de letras, por simple incomprensión del mismo escritor.

Pero, por inevitable que resulte, lo cierto es que de impulsos y caprichos nunca ha entendido mucho la idiosincrasia.

jueves, 21 de enero de 2010

Duda


Todo quedó en silencio. Su seca respiración latía diminuta dentro de su pecho. Sus músculos se tensaron aún más, había llegado el momento de hacer justicia y todo estaba resultando más fácil de lo que se lo había imaginado. Una incómoda sonrisa se desplazó en sus labios.

Pensó en saborear el momento, pero los ojos del hombre al que había acorralado eran tan vacíos como el mismo silencio. Tragó saliva, áspera y pesada. El ácido sonido que produjo su arma al prepararse le recordó que esto no era uno más de sus sueños, ni una más de sus pesadillas.

Sus dedos, hirviendo en un sudor helado se aferraron aún más al cuello de su víctima. Los papeles se habían invertido. Alguna vez él fue el acorralado, la víctima.

De pronto sintió como su sonrisa se desvanecía silente. ¿El arma se había quedado trabada o eran sus dedos los que se habían congelado en ella?
La sonrisa se trasladó al rostro de la víctima.

Había resultado muy fácil, tanto en sueños como en pesadillas, cumplir con su propia sentencia de justicia. Ahí él era determinante, tajante, su piel no sudaba, el metal del arma no vibraba vacilante contra la cien del hombre que merecía morir.
Un frío sonido estalló de la garganta del acorralado. El ruido desató al victimario, lo asqueó, le dio nauseas. ¿Era ese sonido una risa burlona?

El arma, desafiante, cobró vida en un segundo.
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lunes, 26 de octubre de 2009

En Tren Se Viaja Mejor


Si las navidades son la época de la alegría, de la sazón, de la festividad, también son la época del despilfarro, de la descompensación económica y, sin lugar a dudas, de los viajes. Si a usted le atrae eso de la inversión extrajera entonces no se hable más y empaque sus maletas. Podría visitar a Mickey o realizar las compras de su vida en un Outlet de Miami, pero si lo que usted busca es parranda, música, buena comida y, ¿por qué no? , un poco de intercambio cultural, lo invito entonces a tomar el vuelo que quede libre hacia Colombia.

La ciudad destino la dejo a su merced. Claro que si lo que busca es alumbrados despampanantes y villancicos hasta la madrugada, visite la humilde ciudad de Pereira. Ahí los buñuelos y la natilla no faltan ninguno de los días que componen la novena de navidad, y la cuenta regresiva hacia el 24 se celebra en una casa diferente cada noche, para cantarle al niño Jesús durante 15 minutos y el resto de la noche se la puede dedicar a subirle volumen a la radio y echar uno o dos pies.

Le sugiero que no descarte la ciudad de Cali, donde la famosa feria salsera le dará razones para no dormir. Cate el aguardiente más fuerte de la región y visite los llamados bailaderos, y si no sabe bailar, despreocúpese, que los caleños lo ayudarán con el trabajo pesado.

Pero si usted lo que busca es la capital, entonces hizo bien en quedarse en Bogotá, en esta ciudad de cachacos, dónde el aguardiente no es tan fuerte. Pero cuidado, no subestime a los bogotanos, es sólo cuestión de saber a dónde tiene que ir.

Vaya de compras y hágame caso cuando le digo que se deje atender. No se sorprenda si el vendedor de la tienda de ropa insiste en acompañarlo hasta el taxi para ayudarlo con los paquetes. Eso sí, cuando salga a caminar a las afueras de su hotel, cuídese de los vendedores independientes. Si no me hace caso entonces no se extrañe cuando el vendedor de la lotería, que de seguro lo tratará como un rey, le venda 10 boletos de la semana pasada o cuando en un fugaz parpadeo, lo deje con la billetera desnuda. No diga que no se lo advertí.

Pero no se asuste, y no se mortifique por los militares que resguardan la entrada de su hotel. Devuélvales el saludo, tómese fotos con ellos como lo está haciendo esa pareja Coreana.

Si usted no habla bien español despreocúpese. Si fuese a pasar las navidades en Alemania, quizá sí le aconsejaría aprender algo de alemán y por sobre todas las cosas le recomendaría evitar hablar en inglés, sería preferible hacerse el mudo antes de ser ignorado por tratar defenderse en ese idioma. Pero aquí se encargarán de entenderle y, si no, por lo menos le harán creer que lo comprenden a la perfección. Lo peor que le puede pasar es que lo apoden de gringo.
Seguro que ha escuchado hablar de las chivas, esos autobuses que se pasean por la ciudad, de discoteca en discoteca, llenos de turistas o familias parranderas hasta entrada la madrugada. Pero yo le tengo algo mejor. Móntese conmigo en un tren nada común, nada moderno, sólo tradicional. Lo invito a que tome el tren de la Sabana. Vayamos a las afueras de Bogotá en uno de los pocos trenes a vapor que queda en el país. Sí, de esos que tienen un conductor uniformado de azul que, tras años de atender el mismo puesto, todavía se esfuerza en saludar por su ventana a los turistas de la estación.

Ahora que está montado despreocúpese del tiempo, aquí nadie espera llegar rápido a ningún lado. Déjese llevar por el ritmo propio del vagón y por el retumbante golpe que hace contra los rieles. Pero lo más importante es que se deje llevar por la música, por el trío de vallenato que agita su acordeón cerca de su oído, en el estrecho pasillo del vagón. No se moleste en estar sentado mucho tiempo y una vez más no le tenga miedo al baile, aunque no tenga idea de cómo se baila eso. No se preocupe si tambalea un poco, dudo que se caiga.

Ande, no sea tímido, recíbale al señor esa copita de aguardiente. Entiendo que le incomode tomar de la misma que las otras 20 personas que comparten su vagón, pero descuide, después de tres o cuatro fondos blancos el problema se resolverá. Mientras se acomoda al sentir de la bebida caliente que se desliza por su garganta no vacile en observar el vaivén de ese hombre de 75 años –y que aparenta menos de 60-, con sombrero de paja y camisa arremangada, mientras sigue el ritmo de la verdadera música colombiana.

La bulla, los tropezones, el olor anisado que luego de dos horas se aspira en el ambiente, son sólo parte de esta atracción. Ya dejamos atrás la ciudad de la zona rosa, de los mejores cortes de carne roja, de las botas negras altas, de las bufandas y de las chaquetas de cuero de primera calidad. Pero descuide, tendrá tiempo para todo eso, usted ahora se dirige a Zipaquirá, ciudad de las minas de sal.

Asegúrese de comerse un tamal antes de bajar del tren, con la intención de que se le bajen los grados de alcohol que ya le están doblando los ojos, porque apenas son las 11 de la mañana.
En Zipaquirá visite la famosa Iglesia de sal, construida bajo una mina kilométrica. En la imponencia de estas cuevas húmedas despojará usted lo que le queda de aguardiente en la piel. Tómese su tiempo, rodéelas, piérdase en los negros pasillos, saboree la sal del aire, pregúntese más de una vez cómo fue que tallaron el altar y la gigantesca cruz que convierten esta mina en un templo.

Acompáñeme otra vez al tren, sí ya sé que perdió la noción del tiempo, y disfrute del viaje de regreso, que ahora es que me queda Colombia para mostrarle.
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Picture: Kari-Kari

lunes, 31 de agosto de 2009

Asuntos de Vital Importancia



Arianna abrió la puerta del desolado cuarto, la oscuridad irrumpió en el eco de sus pasos. La muerte también había entrado en esas cuatro paredes.

Encendió la luz y caminó, cuidadosa de no tocar nada. La vieja cama destendida, una taza cargada de café de hace tres días y un libro abierto besaba el suelo. La actividad del cuarto estaba suspendida, esperando que el dueño retomara lo que había dejado a medias. Arianna se apresuró a abrir el closet, de donde sacó un bolso grande. Sin ánimos de pasar más de lo necesario en esa pequeña alcoba se dedicó a despejar el clóset de los viejos atuendos de su padre.

Había fallecido tres noches atrás, y enseguida sus amigos localizaron a Arianna, su única hija. A medida que sus manos viajaban por la vestimenta del viejo hombre, Arianna reconoció lo mucho que había adelgazado desde la última vez que lo había visto. A pesar de los intentos de encuentros que generaba su padre, los largos y demandantes viajes laborales de Arianna fueron la excusa perfecta para mantenerse alejada de él durante los últimos cuatro años.

La chica se detuvo para mirar a su alrededor. ¿Cómo un hombre medianamente respetable podía vivir en esas condiciones? Cortinas curtidas cubrían la ventana, la madera del piso estaba rasgada e infinitos objetos sin valor ocupaban cada mueble y rincón del cuarto. Pero Arianna no sintió más que una milésima de lástima por él.

Volvió a su faena de desocupar el cuarto. Debía entregar la casa al arrendador para el final de la semana. Cuando había bajado cada prenda de ropa, Arianna se paró de puntillas para despejar la tabla superior del clóset. Sin medir fuerzas haló la caja que reposaba arriba, tirándola al suelo y esparciendo sobre él: sobres, periódicos, mohosos libros, fotografías sueltas y finalmente un libro de recortes que cayó abierto.

Al recoger el desgastado libro, de sus páginas se deslizó un juego de cinco hojas amarillas, arrugadas, manchadas de tinta en los bordes. Se trataba de una lista titulada:

Asuntos por hacer de Vital Importancia

Arianna torció los ojos y negó con la cabeza. Desde niña había tenido que lidiar con los incongruentes deseos de su padre, causantes de sus innumerables mudanzas durante su niñez, y factores detonantes en su inevitable deseo de salir corriendo al cumplir dieciocho años.

Sentada sobre la polvorienta y desnivelada madera del piso Arianna no hizo más que preguntarse qué clase de beneficios trajeron esos largos y ambiciosos viajes, los caprichos, las extravagancias, las inoportunas ideas de negocios que no hicieron más que limpiarle el bolsillo por completo, y al final de todo, el hombre había pasado sus últimos años brincando de apartamento en apartamento, sin más que con algunos dólares bajo el colchón y prácticamente viviendo de la ayuda de sus fieles amigos.

Arianna estudió la lista que reposaba en sus manos, notando que todos los puntos estaban seleccionados bajo una columna de "cumplidos".

Ser parte de la tripulación de un barco

Conocer Nueva York

Vivir en Nueva York

Hacer un Safari

Entrar a un equipo de Beisbol

Vivir en Londres

Tener una hija

La joven se detuvo a observar que su presencia no era más que un ítem en una larga lista de cosas por hacer. Pero de alguna manera, el hecho de pensarlo no le ocasionaba ira, ni angustia, ni desprecio. Todos esos sentimientos se habían empolvado con los años; en su pecho no había más que un aire de resignación.

"
Buscar el Dorado", leyó, frunciendo el ceño. Quizás eso explicaba los tres años en que su padre se ausentó para aventurarse en el Amazonas. Le sorprendió que estuviese seleccionado como cumplido, hasta que leyó en la casilla de comentarios: Puede que la ciudad perdida sea sólo un mito, pero la paradójica e imponente selva es más valiosa que el oro puro.

Una pequeña y seca risa abandonó la garganta de Arianna, y sus dedos comenzaron a hojear la lista con más detenimiento.

Enamorar a una mujer Italiana

Tomar sake en una casa de Geishas

Tener una pizzería

Bucear en Australia

Conocer Moscú

Llevar a Arianna a Marruecos

Arianna siguió, encontrando su nombre en más de una de las cosas por hacer de su padre. Efectivamente recordaba las infinitas veces en las que él logró involucrarla con sus cosas. Desde pequeña le molestaba admitir que su padre tenía un don de convencimiento tan poderoso como peligroso. Ese viaje de dos meses a Africa le había costado a Arianna el año escolar.

A medida que sus ojos escaneaban con más detenimiento la vieja lista, no dejó de admirar como cada una de las hazañas estaban seleccionadas bajo la casilla de "cumplidos". Todas, excepto una, la última, la más reciente.

Reconciliar a Arianna conmigo

Arianna se detuvo, evitó respirar en los siguientes segundos. Lo que la congelaba de la frase era el orden de sus determinantes palabras. Los fallidos intentos de su padre por acercarse a ella durante los últimos años se resumían ahí, en reconciliarla a ella con un hombre imposible de cambiar.

La primera lágrima del mes se derramó de los ojos de Arianna, tiñendo el amarillo papel. Respiró profundo, y abrazó durante unos segundos la cálida soledad que la consolaba. Sus ojos se enfocaron nuevamente en la lista y pronto recordó que las viejas hojas de papel se habían escapado de un viejo libro de recortes. Cuando lo recogió para hojearlo encontró que sus hojas se regocijaban de fotos, frases, nombres, anécdotas, todo lo que acompañaba esa lista de asuntos pendientes.

Sonrió frágilmente, sus pequeñas lágrimas empezaron a invadir sus labios. Cerró el grueso y desgastado libro y dejando a un lado el trabajo que había comenzado, se dedicó a buscar un sitio donde pudiese viajar con calma a través de los cumplidos asuntos de vital importancia.

sábado, 15 de agosto de 2009

La Olvidada


De un lado Colombia, del otro Venezuela, en el medio yo, parte de un grupo de turistas que recorre las corrientes del río Atabapo. Sobre las aguas color caramelo que fluyen dentro del corazón del estado Amazonas navega este humilde bonguito a motor, que nos lleva a nuestra parada del día: a conocer los sobrevivientes de una tribu Piaroa.

Al llegar a una orilla de la jungla venezolana bajamos uno a uno para emprender el camino que falta por recorrer. La delgada chica alemana de nariz fina y perfilada, que pasó el recorrido en bongo inmutada al lado mío, estrena su primera mala palabra en español cuando descubre que hay una araña viajera de más de 10 centímetros bien acomodada al lado de ella.

Sin mucho preámbulo nos guían por el diminuto sendero que esconden los árboles. Gotas gigantes, rezagadas de la tormenta de la noche anterior se escurren en el espesor de la selva, y hacen de esta húmeda caminata un viaje más relajante.

En menos de 20 minutos llegamos a un claro, al destino. Niños de un color de piel canela nos ven llegar, nos examinan como nosotros a ellos. Es un intercambio de miradas, de primeros acercamientos, de intimidación. Yo, en el terreno que les pertenece; ellos, objeto de exhibición. Se ríen, murmuran, cuchichean, cómplices en un idioma del que no sé ni una palabra.
La decoración del espacio es puntual: paredes de bahareque recién montado, techos de palma seca y una fogata viva con pavones tendidos sobre una parrillera de madera. No han pasado ni 10 minutos cuando uno de los venezolanos del grupo ya está negociando una jarra de yare recién extraído con uno de los que mejor domina el español.

No tardo mucho en recorrer el lugar. Sé muy bien que si sigo caminando tan sólo un par de metros más, encontraré que las casas de bahareque se convierten en cemento, los techos de palma en láminas de zinc y a la fogata la reemplaza una antena del canal del Estado. Sí, de la tribu piaroa no quedan más que algunos sobrevivientes que se niegan a dormir entre paredes de cemento caliente.
Decido no entrar en decepción, y me dedico a esculcar en los rincones de las casas típicas. Es así como entro a una de las chozas más pequeñas de todas. Sin pedir permiso, sin tocar si quiera por cortesía la puerta que ya estaba abierta, entro con algunos del grupo a la humilde vivienda indígena.

En el centro, como parte de la escenografía étnica, una vieja mujer dedica sus manos a la faena de preparar casabe. Difunde la masa gentilmente sobre el budare caliente y la esparce con constancia una y otra vez, moviendo sus dedos en la misma dirección infinitas veces. No levanta la mirada, su ritmo de trabajo no cambia con nuestra abrupta llegada. Nosotros no estamos ahí.

Sus manos se dedican al exclusivo propósito de pasear la yuca molida en el calor del budare, sin importar ser objeto de observación, sin notar los clicks indiscretos de la cámara réflex del hombre italiano que se le acerca cada vez más.
La mujer no parece estar al tanto de que a pocos kilómetros de ella hay un colegio, una bodega, una calle de cemento y una estación militar, donde los jóvenes de dieciocho años manejan armas con la misma ligereza con la que ella manipula el budare.

En ella se detienen los minutos, en el movimiento rítmico de sus manos se congelan los años que han desplazado las ancianas costumbres que alguna vez reinaron en esta población. Ella se impone ante todo, como retándonos silenciosamente con su estilo de vida.
Parece que el ritual en el que está sumergida la olvida del resto de la población, o la hace olvidar, no sé bien, porque la mujer nunca habla, apenas respira, como hipnotizada en un exilio voluntario.

Adentro, en el corazón de la selva amazónica aún están las raíces, nuestras raíces, escondidas en casas de bahareque y techos de palma, negadas a dejar de existir.

jueves, 13 de agosto de 2009

A Pie las Calles se Disfrutan Más


A pie las calles se disfrutan más...

Eso decía mi abuelo que cuando era joven bajaba todos los días tan temprano como le permitía la luz del sol, o a veces antes, a ser el primero en comprar la prensa matutina que esperaba por él caliente, como recién salida del horno. Con el periódico bajo el brazo se acomodaba su mejor sombrero y emprendía su caminata diaria.

A veces era el primero en recorrer las aceras de la ciudad, pero a medida que avanzaba en su camino se encontraba con sus compañeros rutinarios de calle. Saludaba desde lejos al señor de la zapatería, que siempre le tenía un par en reparación; asentando sutilmente la cabeza y tomando con los dedos la punta de su sombrero, le sonreía a la bella dama de la panadería que apenas estaba subiendo la santa maría del local; se detenía momentáneamente a charlar con el hijo del carnicero que prefería holgazanear antes de ayudar a su padre a cortar la res para entregar los pedidos del día.

Siempre llegaba tan temprano a su destino que le daba tiempo de parar en la cafetería de enfrente a tomarse un negro bien cargado mientras abría su adorado periódico directamente en la sección de internacionales. Cuando no quedaba más café en la taza, se disponía a entrar al gran edificio marrón que lo recibía temprano y lo despachaba en la tarde, cuando terminaba su jornada laboral.

Yo, difiero ligeramente.

Esta mañana me vi obligado a regresarme a la casa a cambiarme los zapatos luego de haberlos arruinado irreversiblemente en un charco de una profundidad casi ridícula. Este retraso hizo que llegara a la parada justo cuando el carrito se había ido.

Ahora llevo veinte minutos esperando por el próximo y creo, no, sé que seguiré aquí por veinte minutos más. Ni de broma camino hasta el trabajo, a menos que quiera llegar al mediodía. Con el periódico matutino trato de cubrirme la cabeza del chaparrón que empezó a caer, aunque es inútil porque ya estoy mojado gracias al idiota que pasó en su Autana a toda mecha, haciéndome el favor de mojarme hasta la ropa interior.

Con cuarenta minutos de retraso me afinco en contradecir a mi querido abuelo en eso de que a pie las calles se disfrutan más.

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lunes, 10 de agosto de 2009

Cacería


Max se estremecía, como un tigre, en espera del momento señalado. Sus pupilas se mantenían estáticas en el objetivo y en cada uno de sus movimientos, como memorizando claves que más tarde debía recordar. En la distancia, la joven paseaba sus dedos por las hileras color almendra de su cabello, su boca danzaba sutilmente cada vez que hablaba y sus dientes mordían débilmente su labio inferior cada vez que le sonreía a los que estaban junto a ella.

Max mantenía su prudente distancia, aún no era hora de atacar. Escondido al otro lado del salón, entre la maleza de gente que bailaba a su alrededor, esperaba con paciencia que la chica quedara sola, vulnerable, desprotegida, lista para ser aproximada por alguien válido de su aceptación, y ese alguien era él. Max nunca se había sentido tan listo, tan lleno de coraje.

Finalmente llegó el momento, la muchacha había quedado sola, nadie la protegía, el panorama nunca había sido mejor. Las piernas de Max caminaron solas, sus músculos se tensaron. Su cuerpo se mantuvo firme y sus ojos nunca se alejaron de la presa mientras éste atravesaba la multitud. Sus movimientos fueron sagaces, pues en cuestión de segundos se había aproximado tanto a la joven que a ella le fue imposible no notarlo, ya no tenía escapatoria.

La deseada boca de la chica se torció lentamente, en la forma de una sonrisa pícara, y de pronto Max entendió que la primera palabra que saldría de su propia boca lo definiría todo, definiría el éxito o la derrota en su cacería. El primer movimiento sería definitivo, quizás letal. Si se equivocaba todo habría sido en vano y su ayuno continuaría por semanas. Max separó sus labios, listo para atacar con palabras, pero nada escapó de su boca. Su garganta se cerró y hasta respirar se hizo imposible. Su pecho vibró velozmente, algo dentro de él estaba a punto de estallar. La muchacha alzó su ceja en desconcierto y durante unos segundos esperó por algo que nunca llegó.

La bella joven frunció el seño, sus ojos cafés atravesaron dolorosamente los de Max, y esto empeoró su crisis nerviosa. En cuestión de segundos la chica se volteó y, ágil como un ciervo, se perdió en la pista de baile. Su ausencia permitió que Max respirara nuevamente, casi ahogado en la derrota de su torpeza.